Tengo miedo a las ingles brasileñas, son suaves e invitan al desliz. Deslizarse, pasar por alto, evitar el rozamiento. Pero no soy un buen tipo. No temo a las ingles de pubis ajenos, a su atracción, a su valor para una posible doble vida como amable señor casado. Mi temor es más íntimo y cercano, son mis propios rizos los que veo rasurar y perderse por el WC. Temo la desnudez de mi género colgandero, expuesto a la deconstrucción de la oferta y la demanda: Los tocamientos de una mano invisible, que no es de cura sobre monaguillo, ni de paternal patrón que ofrece sensuales horas extra; se trata de la vuestra, la mía propia. Afeitar el sobrante. Una apuesta por lo esencial, por descubrir lo productivo. Tomar una palabra y que sea propia y auténtica y verdadera y, ese es el mandato. Así dar por buena la apuesta mercadotécnica, presentada como personalidad. Sobran mis rizadeces genitales, como sobran pensamientos o palabras como estas. Está usted entonces no ante un escenario, si...