
Tengo miedo a las ingles brasileñas, son suaves e invitan al desliz.
Deslizarse, pasar por alto, evitar el rozamiento. Pero no soy un buen tipo. No temo a las ingles de pubis ajenos, a su atracción, a su valor para una posible doble vida como amable señor casado. Mi temor es más íntimo y cercano, son mis propios rizos los que veo rasurar y perderse por el WC.
Temo la desnudez de mi género colgandero, expuesto a la deconstrucción de la oferta y la demanda: Los tocamientos de una mano invisible, que no es de cura sobre monaguillo, ni de paternal patrón que ofrece sensuales horas extra; se trata de la vuestra, la mía propia.
Afeitar el sobrante. Una apuesta por lo esencial, por descubrir lo productivo. Tomar una palabra y que sea propia y auténtica y verdadera y, ese es el mandato. Así dar por buena la apuesta mercadotécnica, presentada como personalidad.
Sobran mis rizadeces genitales, como sobran pensamientos o palabras como estas. Está usted entonces no ante un escenario, sino más bien un sumidero. Disfrute, si es de los que viene de estético paseo, y jódase si no le queda más remedio.
Deslizarse, pasar por alto, evitar el rozamiento. Pero no soy un buen tipo. No temo a las ingles de pubis ajenos, a su atracción, a su valor para una posible doble vida como amable señor casado. Mi temor es más íntimo y cercano, son mis propios rizos los que veo rasurar y perderse por el WC.
Temo la desnudez de mi género colgandero, expuesto a la deconstrucción de la oferta y la demanda: Los tocamientos de una mano invisible, que no es de cura sobre monaguillo, ni de paternal patrón que ofrece sensuales horas extra; se trata de la vuestra, la mía propia.
Afeitar el sobrante. Una apuesta por lo esencial, por descubrir lo productivo. Tomar una palabra y que sea propia y auténtica y verdadera y, ese es el mandato. Así dar por buena la apuesta mercadotécnica, presentada como personalidad.
Sobran mis rizadeces genitales, como sobran pensamientos o palabras como estas. Está usted entonces no ante un escenario, sino más bien un sumidero. Disfrute, si es de los que viene de estético paseo, y jódase si no le queda más remedio.
Es por esto, y no por otra cosa, que puedo implorar mayestáticamente: Byung-chul Han, cómeme el cerón.
Muerde mi ojete, Byung, sin depilar; y así podrás escribir sobre algo que no sea lo banal y absurdo de nuestra existencia. Te daré la bienvenida a la ventana de mi oscuridad: Puedes considerarlo un servicio público.
Puedes, Byung, decirnos que es pobre vivir la vida como un proyecto de mercancía, que no intentemos realizarnos a nosotros mismos porque eso es autoexplotarnos. Por ello, terminas así la entrevista para el ABC Cultural, respondiendo a la pregunta ¿Quién es Byung-Chul Han?:
Adorno dijo que los nombres son iniciales que no entendemos pero a las que obedecemos como a nuestro destino. El símbolo chino para «Chul» significa, según el sonido, «hierro» o «metal», pero, según el sentido, también «luz». En coreano filosofía significa «Chul-Hak», es decir, «ciencia de luz». De esta manera seguí en mi vida, sin saberlo, el significado de mi nombre. Llegué a Alemania porque fui admitido por la Universidad Técnica de Clausthal-Zellerfeld, cerca de Gotinga, para estudiar Metalurgia. A mis padres les había dicho que iba a continuar mi carrera de Metalurgia en Alemania. Tuve que mentirles porque no me habrían dejado irme. Me marché a otro país cuyo idioma entonces no sabía ni hablar ni leer y me lancé a una carrera completamente diferente: Filosofía. Fue como en un sueño. Entonces tenía veintidós años. Ahora soy profesor de Filosofía en Berlín.
Por tanto, Byung (te tuteo como tuteo a todo el que me ha besado lo negro), la moraleja es clara: sólo hay una limitada élite que no sois mercancía, aquellos que os realizáis por vuestra propia naturaleza y no por la rueda de hamster en la que nos buscamos (sin encontrar) la vida los demás.
Puedes conceder una entrevista tranquila, sin apenas mirar el reloj, y decirnos tal y como nos lo dice el poeta progre: soy más que la vida que queréis vivir: soy la vida que DEBÉIS amar, pero no tendréis.
Byung, eres una campaña de Benetton. Y ni siquiera tienes que fingir ser feliz con ello. Estás taaaaaan arriba, cariño...
Por eso, voy a intuir una oración para ti. Una música, una bandada. Voy a intuir a gente fea y cansada que no sólo quema bancos, sino también filósofos, de esos tan buenos que les hacen sentir culpables de su propio cansancio. Y seguro que tú ardes bien y tranquilo, sosegado. Y tu ceniza es bonita.
Y la candela es buena.
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