Viva la mierdra (sic) porque sin ella no existiría lo moderno...
De hecho, si lo pensamos detenidamente, se trata de la morfogénesis de todo el cotarro.
Digamos que, en su originariedad, es el fundamento (Grundluge) o el fondo (Grund) sin fondo e infundado (Abgrundlich).
Tras la muerte del "aura", sin duda la mierda, ella y solo ella, va a empezar a tener todos los aires de lo sagrado.
Cuando, en París (es decir, la capital de la Modernidad... o sea, lo que para nosotros, hoy como ayer equivaldría más o menos a Polonia o a decir "en ninguna parte"), pues bien, entonces, digo, se organiza una situación porque Jarry ha comenzado Ubu con la urwort por excelencia: Merdre... A partir de ahí, desde luego, está claro que algo ha cambiado.
Se ha fabricado otra escena, a saber: la del inconsciente como fábrica.
Además Jarry, para evitar la censura y marcar aún más el acto subversivo, introduce una letrita, una simple "r" que lo cambia todo y sublima aún más la palabrota de amor: "Merdre".
Epéntesis absolutamente moderna.
Pero en realidad fue Verlaine, cuyos versos «Les sanglots longs des violons de l’automne/ blessent mon coeur d’une langueur monotone» cifrarían radiofónicamente el desembarco de Normandía, quien dio el verdadero pistoletazo de salida.
El episodio lo cuenta nuestro Rubén Darío (inventor del modernismo hispano: "un "galicismo mental", ya se sabe) al dictar sus memorias en 1912. Pero tuvo lugar en el café D’Harcourt, en 1893. "Yo murmuré en mal francés toda la devoción que me fue posible, concluí con la palabra gloria... Quién sabe qué habría pasado esa tarde al desventurado maestro; el caso es que, volviéndose a mí, y sin cesar de golpear la mesa, me dijo en voz baja y pectoral: La gloire!... La gloire!... M...! M... encore!..."
Ya, antes, Baudelaire el primero de los poetas malditos incorporados por Verlaine en su célebre antología, había dado otra campanada al introducir la modernidad policíaca traduciendo a Poe.
Se suele considerar, W. Benjamin así lo hace, que la "Pérdida de Aureola" marca el inicio del devenir prosa, sin aura, del poema. Tal vez. Y, por otra parte, en ese mismo poema también aparece la policía.
Pero fijémonos, mejor, en otro pequeño poema que suele pasar más desapercibido, porque obviamente no ha debido saberse entender bien.
Me refiero al genial "¡Matemos a los pobres!". Leamos:
Su voz, pues, me cuchicheaba esto: «Sólo es igual a otro quien lo
demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla.»
Inmediatamente me arrojé sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le
hinché un ojo, que en un segundo se volvió del tamaño de una pelota. Me
partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza
bastante, porque soy delicado de nacimiento y me he ejercitado poco en
el boxeo, para matar al viejo con rapidez, le cogí con una mano por la
solapa del vestido, le agarré del pescuezo con la otra y empecé a
sacudirle vigorosamente la cabeza contra la pared. He de confesar que
antes había inspeccionado los alrededores en una ojeada, para comprobar
que en aquel arrabal desierto me encontraba, por tiempo bastante largo,
fuera del alcance de todo agente de policía.
Como en seguida, de un puntapié en la espalda, bastante enérgico
para romperle los omoplatos, acogotara al débil sexagenario, me apoderé
de una gruesa rama que estaba caída y le golpeé con la energía obstinada
de los cocineros que quieren ablandar un biftec.
De repente -¡Oh milagro!, ¡oh goce del filósofo que comprueba lo
excelente de su teoría!- vi que la vieja armazón de huesos se volvía, se
levantaba con energía, que nunca hubiera sospechado yo en máquina tan
descompuesta, y con una mirada de odio que me pareció de buen agüero, el
decrépito malandrín se me echó encima, me hinchó ambos ojos, me rompió
cuatro dientes, y con la misma rama me sacudió leña en abundancia. Con
mi enérgica medicación le había devuelto el orgullo y la vida.
Hícele señas entonces, para darle a entender que yo daba por
terminada la discusión, y, levantándome tan satisfecho como un sofista
del Pórtico, le dije: «¡Señor mío, es usted igual a mí! Concédame el
honor de compartir conmigo mi bolsa; y acuérdese, si es filántropo de
veras, que a todos sus colegas, cuando la pidan limosna, hay que
aplicarles la teoría que he tenido el dolor de ensayar en sus espaldas.»
Me juró que se daba cuenta de mi teoría y que sería obediente a mis consejo
He ahí, junto con el "golpéale... municipal de mi corazón", el verdadero magnetizador de la mierdosa modernidad. A saber: que no hay poesía sin policía.
La mierda es mucho más moderna que la exposición universal, ¡qué duda cabe! Aunque todavía no tan posmoderna como el campo de exterminio: el blasón y la "mise en abŷme", la feliz anamorfosis, de todos nuestros cuadros.
Ahora bien, incluso a Auschwitz, te tenían que llevar los trenes... No extraña, pues, que la palabra favorita de un policía sea siempre: "¡Circulen! ¡Circulen! Aquí no hay nada que ver...". Salvo la libre circulación de mercancías.
He aquí los tres momentos que, fenomenológica, sintomática y dialécticamente jalonan nuestra modernidad. He aquí, si se quieren, nuestros tres "mojones" más modernamente fenomenológicos, sintomáticos y dialécticos.
En fin, Yo (el mayor policía de todos los tiempos) os asesinaré a todos vosotros y me quedaré con vuestras phynanzas... Mis hipócritas lectores, mis hermanos edípicos, mis iguales preyoicos, mis modernos camaradas de mierda. Pedicabo ego et irumabo vos!!!
Vale.

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